Lo que me hubiese gustado saber antes de emigrar
Casi 5 años después de emigrar a España, Mica comparte desde la experiencia propia las cosas que nadie te cuenta antes de migrar: desde la Ley Beckham hasta el duelo migratorio, el cambio de identidad y la gestión de vínculos a distancia.
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Cuando tomé la decisión de migrar sabía que mi vida iba a cambiar, pero no sabía cuánto. Nadie te cuenta exactamente qué es lo que va a pasar cuando emigras. Por lo menos en aquella época, hace casi cinco años, no había tanta información como hoy sobre todo el proceso migratorio en sus distintas dimensiones.
Por eso quise escribir este artículo: para compartir, a casi cinco años de haber emigrado, algunas cosas que me hubiesen gustado saber antes de dar ese paso. Mi pareja Elvis, venezolano, ya había migrado a Argentina antes de que nos conociéramos, y me había anticipado varias de estas cuestiones. Pero hay algo que también es verdad: cuando te las cuentan no es lo mismo que vivirlas. Así que, tanto para quienes están pensando en emigrar como para quienes ya lo hicieron y se sienten identificados, aquí van esas cosas que me hubiera gustado tener más claras desde el principio.
Primero lo práctico: tres cosas que no investigamos lo suficiente
1. La Ley Beckham (Régimen Especial de Impatriados)
Este es sin duda uno de los mayores errores que cometimos y, te lo digo sin rodeos: fue un error evitable. Al emigrar investigamos mucho el tema de documentos, visados y trámites. Pero hubo un aspecto que no consideramos lo suficiente: la parte fiscal.
En España existe el Régimen Especial de Impatriados, popularmente conocido como Ley Beckham. Es un régimen específico para ciertas personas que emigran a España y cumplen determinados requisitos, que permite tributar a una tasa reducida durante los primeros cinco años en el país, en lugar de hacerlo por el régimen general del IRPF.
El problema: hay que tramitarlo dentro de los primeros seis meses desde que se llega. Si no sabes que existe, simplemente lo pierdes. Como nos pasó a nosotros.
En mi caso particular no hubiera aplicado, pero en el de Elvis, por su tipo de trabajo y sus rangos salariales, habría representado un ahorro importante en impuestos a lo largo de estos años.
Lección clave: antes de llegar a cualquier país, investiga la parte fiscal. No solo si tienes bienes o ahorros, sino en general. Que exista un régimen beneficioso no significa que se aplique automáticamente. Hay que solicitarlo.
2. Investigar el país de destino más allá de los estereotipos
Nosotros habíamos investigado bastante sobre España. Teníamos amigos que ya habían emigrado aquí y sabíamos cosas del país. Pero hay cuestiones que solo se entienden cuando se viven.
Un ejemplo concreto: la presión fiscal sobre los autónomos y la percepción cultural que existe en torno al trabajo por cuenta propia. Son dimensiones que ni me había planteado investigar, y que hoy, estando dada de alta como autónoma, veo con mucha más claridad. España tiene una cultura del trabajo con sus particularidades, y conviene conocerla de antemano.
El riesgo de emigrar con demasiada idealización es que el choque con la realidad puede ser mayor. No se trata de buscar el lado negativo de todo, sino de hacer una investigación profunda y honesta: ¿cuáles son los puntos fuertes del destino? ¿Cuáles no tanto? Y desde ahí, decidir con información real.
Nosotros siempre quisimos España y hoy seguimos muy contentos con esa decisión. Pero hay cosas que hubiera preferido conocer antes de llegar.
3. El mercado laboral: expectativas vs. realidad
El tercer punto práctico, y muy específico de España, es el mercado laboral. Esto lo sabíamos de alguna manera, pero hasta que no lo vives en el día a día —buscando ese primer empleo, intentando crecer profesionalmente— no lo terminas de interiorizar.
España es un país que tiene mucho para ofrecer en términos de calidad de vida, clima, seguridad, sanidad y educación públicas. Pero el mercado laboral sigue siendo uno de sus puntos más flojos comparado con otros países europeos: las oportunidades no siempre son tantas como uno esperaría, y los salarios suelen estar bastante por debajo del promedio de la Unión Europea.
Esto no es para desanimar a nadie. Es para que lo tengas en cuenta y ajustes expectativas antes de llegar. Cuanto más preparado llegas, menos te golpea.
Ahora lo personal: lo que nadie te cuenta
A partir de aquí, los puntos son más emocionales y experienciales. No soy psicóloga ni especialista en salud mental, así que hablo desde lo que viví yo, lo que veo con las personas que acompañamos desde Vive Simple y lo que escucho de mi entorno. Para quien quiera profundizar más, siempre recomiendo buscar psicólogos especializados en migración.
4. El cambio de estatus social
Cuando emigras, en la gran mayoría de los casos, cambias de estatus social. Y generalmente eso implica una baja.
¿Por qué? Porque al llegar a un nuevo país pasas a formar parte de un colectivo minoritario —el de los migrantes— con todo lo que eso implica: el desconocimiento del sistema, las barreras administrativas, el tema de los papeles, y en muchos casos, la imposibilidad de ejercer la misma profesión que ejercías en tu país de origen.
Puede que en tu país fueras un profesional establecido y que aquí, al menos transitoriamente, tengas que empezar desde un lugar más básico. Eso moviliza. Puede afectar la autoestima. Y si no lo esperas, puede sorprenderte bastante más.
Si llegas sabiendo que eso puede pasar, lo transitas de otra manera. En nuestro caso, emigramos siendo jóvenes y sin mucho construido todavía, así que el impacto fue menor. Pero lo veo mucho con familias o personas que llegaron más establecidas laboralmente, y el choque suele ser más pronunciado.
No es nada malo en sí mismo. Es parte del proceso. Solo que está bien saberlo.
5. El cambio de identidad
Este es un tema que me llama mucho la atención desde que empecé a escucharlo de profesionales de la psicología especializados en migración.
Nuestra identidad está construida en base a múltiples factores: lo que creemos de nosotros mismos, nuestro contexto social y cultural, nuestra profesión, nuestros vínculos, nuestro lugar de pertenencia. Cuando emigras, buena parte de esa estructura se mueve. Y eso hace que la identidad también se vea movilizada y necesite reconfigurarse.
No significa que pierdes tu esencia. Lo más probable es que eso se mantenga. Pero sí significa que vas a cambiar mucho y que en ese proceso vas a redefinir, en algún punto, quién eres y qué quieres.
La parte interesante de esto es que estar en un lugar donde nadie te conoce da mucha libertad para reinventarse. Para explorar cosas que en tu contexto de origen quizás no te hubieses atrevido, o ni siquiera te las hubieses planteado. La migración puede ser un punto de inflexión muy potente en ese sentido.
6. La soledad (aunque emigres acompañado)
La soledad es algo que aparece mucho en las conversaciones con migrantes, ya sea en asesorías, en charlas de amigos o simplemente en lo que uno va viviendo. Y lo interesante es que aparece incluso cuando emigras en pareja o en familia.
Esto es así porque cada persona procesa las emociones de forma distinta. Y la soledad que acompaña a la migración no tiene necesariamente que ver con estar solo en términos físicos, sino con ese desarraigo, esa nostalgia, ese duelo migratorio que va apareciendo.
El duelo migratorio es un tipo de duelo muy particular: es recurrente. Se activa cada vez que vuelves a tu país de origen y tienes que irte de nuevo. Tiene muchas aristas —la identidad, el estatus, los vínculos— y no desaparece de un día para el otro.
Saber que eso existe y que es parte normal del proceso ayuda. No porque lo evite, sino porque te hace sentir menos solo en ese camino y más preparado para gestionarlo cuando aparece.
7. Los vínculos: los que se pierden y los que llegan
Otra cosa que me hubiese gustado saber antes es que se van a perder vínculos. Algunos amigos de toda la vida, algunos lazos que uno creía que iban a sostenerse igual desde la distancia.
Nosotros emigramos en plena pospandemia. Habíamos visto cómo la tecnología y las videollamadas facilitaban el contacto aunque estuviéramos lejos. Y pensé que eso iba a ayudar. Pero cuando terminó la pandemia, cada uno volvió a su rutina. Y mantener un vínculo a distancia, con diferencia horaria, con la vida de cada uno a todo ritmo, requiere esfuerzo, tiempo y voluntad de ambas partes.
Algunos vínculos se mantienen hermosos, intactos. Otros se transforman: ya no hay cotidianidad, pero cuando te reencuentras el cariño está intacto. Y otros simplemente se van enfriando.
Muchas veces a los que se van se les pone la carga de estar más pendientes de todo. Pero también es verdad que el migrante está lidiando con sus propias realidades y dificultades en el nuevo destino. No siempre es tan fácil estar presente para todos.
La parte positiva: como se pierden vínculos, también llegan vínculos nuevos. Y muchas veces los que se construyen en el proceso migratorio son de los más potentes, porque se forjaron en un contexto compartido de adaptación, de esfuerzo, de acompañamiento mutuo. Son vínculos que te vieron crecer en ese camino.
Eso sí: los vínculos nuevos no aparecen solos. Si no sales a buscarlos, a abrirte a nuevos espacios y personas, la soledad se incrementa. No es fácil hacerlo, especialmente cuando de base uno está más solo. Pero vale la pena el esfuerzo.
8. La sensación de no ser ni de aquí ni de allá
Con los años aparece algo que es difícil de explicar si no lo has vivido: la sensación de no sentirte cien por ciento de ningún lado. No estás del todo integrado en el país de destino, especialmente al principio. Pero cuando vuelves a tu país de origen, tampoco te sientes del todo de ese lugar.
Es una sensación extraña. Y en algunos casos, con los años, puede intensificarse, porque el choque que se produce cuando vuelves al país de origen se hace más profundo.
Lo que sí puedo decir es que con el tiempo esa sensación puede transformarse en algo positivo: en la capacidad de sentirte en casa en más de un lugar, de incorporar costumbres e identidades de distintas culturas, de adaptarte con una facilidad que antes no tenías. Se convierte en una especie de ciudadanía del mundo.
No sucede de un día para el otro. Pero sí sucede.
9. Nunca se aprende a despedirse
Spoiler, y lo digo con cariño: las despedidas siempre duelen. Da igual cuántos años lleves siendo migrante.
Uno piensa que con el tiempo se vuelven más llevaderas, que después de la décima despedida ya no te afectan tanto. No es así. Siguen afectando. Puede que de formas distintas, con distintas intensidades según la etapa vital en la que estés, pero siempre hay movimiento emocional cuando toca despedirse.
Es algo que también me hubiese gustado saber, porque cuando uno elige la vida migrante, los encuentros y los reencuentros son hermosos. Las despedidas, no tanto. Pero también son parte del proceso.
Para cerrar: la migración te expande
Por último, y esto sí me generó una grata sorpresa: la migración te expande.
No siempre ocurre de la misma manera ni para todas las personas, pero lo que he visto en mi caso y en el de la gente que acompañamos es que vivir en otro país, adaptarte a otra cultura, encontrarte con formas distintas de ver el mundo, termina ampliando tu perspectiva de una manera que es difícil de conseguir de otra forma.
Te cambia las prioridades. Te da nuevas formas de hacer las cosas. Te abre el mundo, literalmente. Y eso que al principio puede sentirse como algo inestable —no soy de aquí ni de allá— con el tiempo se convierte en una de las riquezas más grandes que te deja el camino migratorio.
Era algo que yo buscaba cuando decidí emigrar, pero hasta que no lo transitas no lo terminas de entender. Por eso lo incluí aquí.
Si estás pensando en emigrar o estás en pleno proceso, espero que este artículo te haya servido para sentirte un poco más acompañado en el camino. Al final, cuando hablamos de experiencias personales, hay tantas versiones como personas que emigran.
Mica,